CASUÍSTICA

CUANDO LA INTEGRACIÓN NO INTEGRA

Cecilia fue perdiendo lentamente su capacidad auditiva a partir de sus primeros años de vida. Ante un diagnóstico de sordera casi total, los papás decidieron elegir el camino de la lectura de labios. “Siempre priorizamos la integración con los otros chicos”, me confiaron. Cecilia no conocía el lenguaje de señas.
Cuando me consultaron, ella ya tenía 15, había cursado su segundo año del secundario, pero no estaba cómoda en su escuela. Durante toda su escolaridad, había recorrido varias, y frente a las dificultades que se le plantearon durante la escuela primaria, y a los múltiples cambios, al terminar 7º la anotaron en una escuela que, según les habían referido, no era “expulsiva”. Y en verdad no lo era: mantenía matriculada a Cecilia y al resto del grupo, formado por algunos chicos con graves problemas de conducta, otro muy probablemente psicótico, alguno con una deficiencia mental moderada; todos, me imagino, tan incómodos y poco reconocidos en su dificultad como Cecilia.
Ella había pasado de año y tenía posibilidades de concluir allí el secundario. Pero no tenía un grupo de referencia, ni una amiga-compañera, ni entusiasmo alguno por las actividades escolares. En el momento de la consulta, los papás se encontraban ante el siguiente dilema: a pesar de que la escolaridad “normal” demandaba demasiados esfuerzos por parte de Cecilia, la ansiada integración no se producía nunca.
Por otro lado, las escuelas que se especializaban en chicos hipoacúsicos se guiaban por el lenguaje de señas y, además de que ella nunca lo había aprendido, los papás pensaban que aprenderlo ahora y terminar su escolaridad con ese sistema, sería dar un gran paso atrás.
Ellos habían vislumbrado una tercera posibilidad: dar libre, prepararse en su casa, rendir los exámenes y obtener un título secundario, lo que le permitiría ingresar luego en la Universidad.
Con estos papás nos preguntamos, y tratamos de responder a las siguientes preguntas: ¿Qué significa el colegio secundario en la vida de los chicos? ¿Para qué se va todos los días a la escuela, durante cinco años? ¿Tener un título es lo único que se obtiene de un colegio? Y acercándonos más al caso específico de Cecilia: ¿qué perdería si perdiera la posibilidad de ser una alumna regular? ¿Cuál es el precio que se le podía exigir para que lo fuera? ¿Qué necesitaba para poder serlo?
Contestar a esas preguntas nos permitió diseñar un camino mejor: Cecilia accedió a una escuela secundaria en la que entendieron su situación, y en la que se comprometieron a realizar una adaptación curricular en las materias con mayor dificultad y a tener en cuenta sus necesidades particulares.

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